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EN EL LÍMITE DEL DOLOR

Desde su expulsión del paraíso el hombre ha sido presa del dolor, ya sea físico o mental, como una secuela del pecado, que fue un acto de desobediencia al Creador y Señor del universo. Desde siempre el ser humano ha entablado en vano una lucha denotada para extirpar este mal que le quita calidad a su vida y a veces lo humilla y lo doblega hasta la postración.

Las causas segundas del dolor físico son las enfermedades, los accidentes y todo aquello que hiere o lastima nuestro frágil cuerpo. Por otra parte, sería imposible enumerar en su totalidad las causas del dolor mental o psicológico, también llamado “sufrimiento”. Ante un dolor intenso y persistente el hombre se pregunta: ¿por qué yo?, ¿por qué a mí?, ¿hasta cuándo?, pues en general el dolor se aprecia como una injusticia.

Mientras no se le encuentre un sentido al dolor, esas preguntas permanecerán sin respuesta y el dolor será un misterio conocido sólo por Dios. 
Quisiera presentar el caso de un hombre de 42 años de edad, a quien llamaremos Fortino, con una familia de cuatro: él, su esposa, un hijo y una hija.

Fortino enfermó de cáncer en el esternón y de ahí se extendió a todos los huesos. El dolor era intensísimo, al grado que él, señalando su propio pecho, le decía a su mujer: “Échame aquí una olla de agua hirviendo y estoy seguro que me va doler menos que lo que estoy sintiendo”. Los medicamentos que le daban para calmar el dolor ya no surtían ningún efecto, y a eso se agregaba el hecho de que llevaba meses sin probar bocado, porque, según decía, si tomaba una gota de agua, era la misma que vomitaba.

Fortino era un hombre muy fuerte y de voluntad férrea. En su enfermedad se unió profundamente a Dios y le ofreció su indecible sufrimiento. Cuando yo hacía alguna oración por él y pedía que disminuyeran sus dolores, Fortino me decía: “No, Padre, no le pida a Dios que me rebaje este dolor, que me de todo el que Él quiera”. Dicen que Dios permite que una persona sufra según su capacidad de soportar el dolor, y parece que eso se cumplió con Fortino.

Narra la Bilbia que cuando Job recibió la visita de sus tres amigos, al ver su inenarrable sufrimiento, ellos pasaron siete días con sus noches sentados frente a él sin poder decir ni una sola palabra (cfr. Jb 2, 11-13). Cuando yo visitaba a Fortino nos tomábamos de la mano y pasábamos largos momentos sin decir palabra, pues hablar hubiera sobrado ante aquel mar de dolor.

El sentido que Fortino le encontró al dolor que padecía día y noche fue vivirlo como una ofrenda a Dios, junto con el dolor de Jesucristo crucificado. Él fue fuerte hasta el último momento, como fuertes fueron de manera ejemplar su esposa, sus hijos y sus papás. La muerte vino a liberarlo y sin duda ahora está gozando en la gloria junto con Jesús.

(Padre José Sandoval Íñiguez, MG) 
Texto de "ALMAS" Publicación de Misioneros de Guadalupe, 2013



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